Maras

Una inmersión en el día a día
ultraviolento de las pandillas de Guatemala.

El infierno de las pandillas

Más de 20.000 jóvenes en el infierno de las pandillas

Privados de perspectivas de futuro, los jóvenes de los barrios pobres de Guatemala integran en masa lo que ellos denominan “maras” o “pandillas”: bandas ultraviolentas que aterrorizan al país.

Desde hace unos quince años, una violencia inaudita está haciendo estragos en los barrios más desfavorecidos de Guatemala. En esas zonas urbanas superpobladas y salpicadas de casas de láminas, las dos pandillas más importantes dictan su ley y se enfrentan en una guerra de territorio sangrienta:
La Mara Salvatrucha y el Barrio18.
Cada pandilla se divide en células o “clicas” de barrios con jefes de sector.

Las pandillas reclutan desde muy jóvenes. Entre sus filas, los más pequeños tienen apenas diez años y los mayores rara vez alcanzan los 25. Chicas y chicos armados hasta los dientes que se matan entre sí en las callejuelas deshechas de los barrios de sus asentamientos (favelas).
Lejos de la ley, lejos de la justicia y lejos del derecho.

Las maras surgieron en Guatemala a finales de los años 1990, tras la firma de los Acuerdos de Paz que ponían fin a 36 años de conflicto armado. Decenas de miles de guatemaltecos refugiados en Estados Unidos fueron expuldos por el Gobierno de Clinton.
Volvieron a su país con la cultura de los gangs, adquirida en los guetos de Los Ángeles. Y la implantaron en los asentamientos de la capital.

En Guatemala los mareros han construido una sociedad paralela que responde al modelo de las mafias, con sus reglas de “honor”, sus rituales y su economía, basada en la extorsión, las violaciones, el chantaje, el miedo y los asesinatos. En un país devastado por el desempleo y la precariedad, las pandillas ofrecen a los pre-adolescentes un referente de identidad fuerte y la sensación de pertenecer a una familia.

Las leyes de la mara

Entrar/salir: la prueba del asesinato

Los niños de los asentamientos, hembras y varones, frecuentan a los mareros desde su más tierna infancia. Los admiran porque son ellos quienes dictan la ley. A partir de los 7 o 8 años, empiezan ya a hacerles favores: vigilar la calle o espiar a un comerciante.

Cuando tienen entre 10 y 15 años, quienes desean entrar en la pandilla hacen la petición a la clics de su barrio y son puestos “a prueba” durante unos tres meses: robos, amenazas, venta de droga…

Luego llega la “prueba” del crimen obligatorio. Para ser marero hay que matar. La orden la dan los jefes.

Bautismo: sufrir para entrar en “la familia”

Tras su primer crimen, el aspirante a marero asiste a una reunión con los miembros de su clica. El bautismo: una violenta paliza de varios segundos propinada por una decena de miembros.
Las chicas suelen ser objeto de una violación colectiva. A continuación, se leen las reglas para el recién llegado a la clica y se le da la bienvenida.

Obediencia: una falsa democracia

La regla de la pandilla dicta que toda decisión de asesinato o de ataque sea debatida en grupo. Pero es el jefe de clica quien decide realmente. No está permitido desobedecer una orden, aunque la orden sea asesinar a un miembro de la familia o a un amigo: en realidad, la pandilla funciona al estilo de una autocracia.

Crimen organizado: hay que garantizar una cuota de ingreso

Cada marero debe participar en las extorsiones y robos de armas planificados por los jefes. Y debe entregar a la clica una cuota mensual procedente de su “actividad”.

Solidaridad: la pertenencia incondicional

Como contrapartida a las reglas draconianas, los mareros gozan de una solidaridad total por parte de su clica. Reciben comida y protección, y se les suministra alcohol y droga siempre y cuando no abusen. En caso de ataque, está terminantemente prohibido abandonar a un compañero en peligro. La solidaridad se aplica hasta la muerte.

La muerte para los rebeldes

Contravenir a las reglas de la pandilla equivale a condenarse a muerte. Toda desobediencia o traición se juzga en una reunión. Las sentencias van desde una “simple” paliza hasta la muerte por ejecución sumaria,
a menudo encargada
a amigos cercanos,
miembros de la banda.

Las chicas en las pandillas

Los periódicos guatemaltecos subrayan a menudo la presencia de chicas y su violencia en el seno de las pandillas. Sin embargo, siguen siendo ampliamente minoritarias en las clicas.

Algunas chicas de los asentamientos integran las marras animadas por el deseo de forjarse una reputación igual a la de los cabecillas que tanto admiran. Esperan sobre todo poder escapar al destino de víctimas que ven encarnado en sus propias madres. La brutalidad las ayuda a distinguirse de las demás chicas de su edad; creen protegerse de la violencia utilizándola.

El mecanismo que las lleva a unirse a las pandillas no difiere del de sus compañeros, pero su condición de mujeres las persigue constantemente.
Y así, por ejemplo, deben pedir permiso a los jefes antes de salir con un chico, sirven de cebo en las emboscadas y se les perdona todavía menos la deserción.

Las compañeras de los mareros están igualmente implicadas en actividades criminales aunque no pertenezcan a las pandillas. No tienen elección, sobre todo si sus compañeros están en la cárcel.

La pandilla en la sangre

Porque permiten exhibir de manera irreversible la pertenencia a una pandilla, los tatuajes corporales han sido durante mucho tiempo la marca de reconocimiento entre las maras.

Algunos se cubren todo el cuerpo de tatuajes, incluido el rostro.
Cada pandilla, cada clica tiene sus propios motivos: cráneos, cifras, el nombre de la clica o de un compañero muerto, pero también telarañas, crucifijos, caras de payasos o ataudes. Algunos se tatúan lágrimas negrasen el rabillo de los ojos, en recuerdo de los homicidios que han cometido.

Los tres puntos tatuados en la mano, más discretos, significan “la vida loca”, esa vida del marero que suele resumirse en tres etapas: hospital, cárcel y morgue.
Todos los que pasan una temporada larga en la cárcel, incluso los no mareros, suelen tatuárselos.

Otro signo de reconocimiento y de pertenencia es el lenguaje gestual codificado.
El mejor medio para evitar ser entendido por la policía o una banda adversaria, o también para provocar.

El cuerpo como un libro abierto

La piel es el único territorio de expresión libre para los mareros, sobre todo en la cárcel.
En ella graban episodios de su vida, su mitología personal, el nombre de sus seres queridos …

Tampoco utilizan sus nombres verdaderos, sino un apodo:

el chino
la rana
la flaca
el lobo
el smiley
el loco

Desde finales de los años 2000, la mayoría de los mareros dejaron de tatuarse para evitar ser identificados por la policía o por la pandilla enemiga.

La ley de la extorsión

Para sobrevivir, alimentarse, procurarse dinero, corromper a la policía y a los jueces, las pandillas practican la extorsión.
El principio: cada comerciante del barrio controlado por una clica, desde el taxista hasta el repartidor de Coca-Cola o la vendedora callejera de tortillas, debe pagar un “impuesto” semanal o mensual. Este “impuesto” supuesta una “protección”por parte de la clica.

Los mareros están encargados de comunicar “las tarifas” a las víctimas de la extorsión y de recaudar las sumas exigidas. Durante las fiestas de Navidad, las pandillas exigen incluso el aguinaldo de fin de año, igual que a los trabajadores...

En caso de impago, la víctima de la extorsión es primero amenazada y luego asesinada: los mareros matan a miembros de su familia, o se vengan con sus hijos.

“Somos los de la renta (del impuesto).
Sigan nuestras órdenes
al pie de la letra.
Y si no, vamos a matar
a los choferes (conductores de autobús) uno por uno.

Empezando por hoy.

Y no es una broma.”

Las grandes empresas son también el blanco de las pandillas. En el centro de la capital, los asesinatos a quemarropa de conductores de autobús cuyas compañías se niegan a pagar se han convertido en algo cotidiano. Estas extorsiones se ven favorecidas por una corrupción generalizada que llega hasta las más altas esferas de la Administración.

La cárcel como cuartel general

« En la cárcel, no debes mostrarte débil si no quieres convertirte en la víctima de los demás detenidos »

Patricia, expresa y marera

Los mareros encarcelados antes del juicio y los ya condenados son encerrados en sectores específicos.
Las pandillas contrarias se separan para evitar las masacres.
Allí los jefes reinan en la más absoluta impunidad.

En 2010, el Gobierno embargó una serie de cuentas bancarias gestionadas por jefes de pandillas desde las cárceles y alimentadas mediante extorsiones.

Las cárceles se han convertido en el Cuartel General de las maras. Gracias a complicidades exteriores, allí disponen de móviles, armas y droga a voluntad.

“Teníamos contactos muy poderosos y cercanos al poder. Miembros del Colegio de Abogados, gente que circulaba en Mercedes y nos facilitaba un montón de cosas. Policías también…”

Jorge, exmarero

“En la cárcel, la situación refleja por sí sola el estado de la estructura social del país, que excluye, margina y desestructura al ser humano”

Julio Coyoy, antiguo responsable de la reinserción social del sistema penitenciario

“Nada de lo que se viene haciendo desde hace 20 años ha funcionado. Para ayudar a los detenidos, se recurre a asociaciones y a organizaciones religiosas cuyo único objetivo es lucrarse o convertir.”

Julio Coyoy, antiguo responsable de la reinserción social del sistema penitenciario

Es desde los sectores superpoblados de las cárceles de alta seguridad que se decide quién debe morir y cómo. Las órdenes llegan hasta los asenetamientos, y no es extraño que ciertos presos “caigan” desde de una terraza para no volver a levantarse jamás…

“¿Cómo ofrecer perspectivas de futuro a estos jóvenes?
No hay trabajo suficiente. No existe ninguna estructura que los ayude a elaborar un proyecto de vida. No existen los microcréditos, por ejemplo. Yo los he propuesto aquí puesto que en otras partes del mundo funcionan. En cuanto a la corrupción, esta sirve a grandes grupos de intereses ultrapoderosos, gente que va a misa, delincuentes de cuello blanco. ¡Son ellos los que alimentan al monstruo! »

Julio Coyoy, antiguo responsable de la reinserción socialdel sistema penitenciario

La policía corrupta

“Yo vi a tres policías capturar a un chaval y llevárselo a un terreno baldío, y a continuación oí dos disparos. Al día siguiente, decidí denunciar el crimen ante el Ministerio Público. Desde entonces formo parte de un programa de testigos protegidos y vivo escondido con toda mi familia. He perdido la libertad, pero al mismo tiempo he perdido ese miedo que nos paraliza… aunque soy consciente de haber puesto en mi contra no solo a los tres polis, sino a toda una institución corrupta.”

Roberto, 28 ans, testigo protegido.

“Si tú o alguien de tu familia son amenazados o asesinados, no es la policía la que va a ayudarte. Porque o bien la investigación no da ningún resultado, o bien está corrompida y protege a los criminales. La única solución consiste en protegerte tú mismo o tomarte la justicia por tu mano.”

Ana, madre de familia, habitante de asentamiento

En los barrios pobres controlados por las pandillas, ni las víctimas de las clicas ni los jóvenes que no desean entrar en ellas pueden contar con las fuerzas del orden para protegerlos.

Falta de medios,
Sueldos modestos,
Efectivos insuficientes,
Nivel de formación mediocre.

Estos factores explican en parte la corrupción crónica que gangrena las fuerzas públicas del orden, desde los agentes de base hasta la cúspide de la jerarquía.

Es fácil comprar a los policías. Un puñado de quetzales o unos gramos de droga les permiten aumentar sus ingresos al final de mes y evitar así problemas; a cambio, ellos avisan a los mareros amenazados de arresto o hacen la vista gorda ante los ajustes de cuentas entre clicas.

La violencia se ha convertido en un negocio sumamente lucrativo. Tras la firma de los Acuerdos de Paz de 1996, aparecieron numerosas agencias de seguridad privadas, la mayoría dirigidas por militares jubilados. Actualmente, hay en el país diez veces más de agentes de seguridad privados que de policías.

Sin olvidar el propio miedo de los policías, amenazados, ellos mismos y sus familias, en los barrios donde residen, a menudo controlados por pandillas.

“Cuando me topo con una patrulla, desconfío sistemáticamente; hay tantos polis a sueldo de los narcotraficantes y de las pandillas, que ni siquiera podemos confiar unos en otros!”

Victor, joven policía que acaba de renunciar a su puesto.

“Limpieza social”

Numerosas ONG nacionales e internacionales, entre ellas Amnistía, denuncian la participación de policías en “homicidios ilegales, perpetrados por orden o con el consentimiento de las autoridades”. En otras palabras, “en ejecuciones extrajudiciales”.

Las víctimas son en su mayoría jóvenes y muchas de ellas han tenido que vérselas con la justicia o son consideradas, por las fuerzas de seguridad, sospechosas de pertenecer a pandillas y llevar a cabo actividades criminales.

“Los cuerpos de las víctimas suelen descubrirse frecuentemente en terrenos baldíos. Muchos exhiben heridas que pueden achacarse a actos de tortura. Algunas de las formulaciones utilizadas por los medios de comunicación y a veces también por las autoridades para describir esos homicidios inducen a pensar que estos crímenes, a menudo calificados de “limpieza social”, son tolerados, incluso aprobados.
No suelen ser objeto de diligencias judiciales…”

Amnistía Internacional